La inflación daña el crecimiento de largo plazo

Sin lugar a dudas uno de los mayores problemas que enfrenta la economía Argentina es la inflación. Hoy se asiste a una discusión bizantina en la que algunos vinculan a la inflación con el crecimiento y para otros resulta un verdadero problema. Los argentinos que han convivido con la inflación saben que a larga ésta se convierte en un problema muy serio. Por algo los países centrales activan políticas monetarias restrictivas apenas ven aparecer síntomas de la misma.


Entonces cabe preguntarse, ¿Por qué algunos países dejan que aparezca la inflación? Porque, como una droga, al principio (a corto plazo) la inflación provoca cierto bienestar, aunque a largo plazo termina atacando los cimientos del crecimiento económico: el ahorro y la inversión.

En el corto plazo la inflación viene acompañada de algunos indicadores positivos que se ven reflejados en la famosa curva de Phillips, una relación empírica negativa entre la tasa de desempleo y el incremento de los precios. Esta relación es muy utilizada como argumento para sostener políticas inflacionarias, porque sugiere que las políticas expansivas van a mantener bajo el desempleo con el único costo de un poco de inflación. En períodos cortos, esto tiene cierta lógica y se debe a que la economía puede crecer en el corto plazo utilizando más intensivamente los recursos que posee. En un contexto de bajo desempleo y baja capacidad ociosa la competencia por los recursos productivos se hace más fuerte, lo que impulsa los salarios, los costos de los insumos, la demanda laboral y los precios y haciendo aparecer la inflación.

A largo plazo, la tasa de expansión de la economía dependerá del nivel de capital, infraestructura, tecnología, mano de obra y capital humano. Este crecimiento de largo plazo se llama crecimiento potencial. Dicho crecimiento potencial puede ser interpretado como el crecimiento del PIB potencial a veces entendido como el máximo PIB que se podría lograr en un momento dado si se utilizan al máximo todo el stock de capital y todo el empleo disponibles y a veces interpretado como el PIB máximo que se puede alcanzar in generar inflación.

En general ambas acepciones del PIB potencial pueden usarse de forma similar porque el crecimiento potencial es semejante en ambos casos. Por una cuestión de simplicidad nos referiremos al PIB potencial como el máximo PIB que se puede alcanzar.

En la práctica, nunca se llega a este PIB máximo, pero los intentos por alcanzarlo llevan a un crecimiento mayor de la economía en cierto período, y también a mayor inflación. Cuando el gobierno realiza políticas expansivas como aumentar excesivamente la cantidad de dinero o el gasto público, lo que hace es empujar al PIB a crecer más rápido de lo que crece el PIB potencial. En un escenario de alto desempleo y alta capacidad ociosa, la economía se expandirá, como sucedió entre el 2002 y el 2005. Sin embargo, si continúan aplicándose las mismas políticas en condiciones de bajo desempleo y baja capacidad ociosa, habrá inflación.

Esta, a su vez, impulsa al consumo. El aumento de la liquidez por la emisión monetaria que acompaña a la inflación provoca una baja de tasas de interés lo que desalienta el ahorro e impulsa el consumo. De esta manera, se crea una nueva “sensación” de bienestar. Sin embargo, la falta de ahorro termina reduciendo el financiamiento de la inversión reproductiva, que es uno de los principales pilares del crecimiento potencial.

Este proceso tiende a perpetuarse. A medida que hay más inflación, menos se invierte y menos se crece. Con lo cual, las políticas expansivas cada vez generan más inflación y menos crecimiento. En el extremo, el PIB potencial se estanca y la inflación se puede convertir en hiperinflación, como sucedió en la década del 80.

Cuando se analizan series largas de la economía argentina (evitando fluctuaciones de corto plazo), se observa que a medida que la inflación fue aumentando, el crecimiento de largo plazo se hizo más chico. Así entre 1900 y 1930 el crecimiento potencial era de 4,5% anual con una inflación promedio del 1,7% anual. En la década del ‘40 la inflación supera la barrera del 10% anual lo que redujo el crecimiento potencial en 1 punto porentual. Durante esos 30 años (1940-1970) la inflación se mantuvo elevada dentro del rango 20%-30% (excepto durante la II Guerra que fue menor al 5%) y el crecimiento potencial se mantuvo estable alrededor de 3,5%.

A partir de la década del ’70 la inflación comienza a acelerarse y el crecimiento potencial se precipita a casi 0 durante la década del ’80. Recién con la desaparición de la inflación reaparecieron las tasas de crecimiento a largo plazo superiores al 3% anual. En la actualidad, los niveles inflacionarios ya empiezan a erosionar la tasa de crecimiento económico. Si tomamos la tasa de expansión del IGA en los últimos 4 años veremos que la actividad económica está creciendo a una tasa promedio anual de 2,3% y ello es un indicador de la desaceleración en el crecimiento potencial.

En síntesis, la inflación inicialmente genera una sensación de bienestar, la economía logra crecer un poco más rápido de lo que lo haría sin políticas expansivas, las tasas de interés se vuelven negativas en términos reales (son más bajas que la inflación), lo que alienta al consumo e incluso algún tipo de inversión de corto plazo. Sin embargo, a largo plazo se desalienta el ahorro interno, las variables económicas fundamentales se vuelven volátiles (tipo de cambio, salario real, etc.), todo lo cual termina repercutiendo sobre los niveles de inversión de largo plazo y el crecimiento económico resulta castigado. Esto impacta sobre la recaudación, aparecen problemas como el “efecto Tanzi” y lleva a problemas fiscales. Si este déficit se financia con emisión monetaria, se genera cada vez más inflación, ya sin impacto sobre el nivel de actividad, porque la economía ya está “recalentada”. Si este proceso no se para a tiempo se vuelve un círculo vicioso del que cuesta cada vez más salir, como una droga.